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Reacción alérgica: verdadero campo de batalla

Si pudiéramos presenciar la revolución que se produce en nuestro cuerpo cuando tenemos alergia, seguramente nos quedaríamos asombrados.    Nosotros percibimos picor, erupción, dificultad para respirar, irritación en los ojos, oídos o mucosas, problemas digestivos o incluso reacciones muy agresivas y graves que pueden poner en peligro la vida. Detrás de estos variopintos síntomas hay un verdadero despliegue de asombrosos mecanismos:

La reacción alérgica se produce cuando el sistema de defensas reconoce una proteína como una amenaza y reacciona contra ella  (esta proteína puede estar en un alimento, en el polen de las flores, en el látex de unos guantes, en el metal de una olla… en cualquier lugar insospechado).  Ante esta confusión,  los glóbulos blancos segregan un anticuerpo,  la llamada inmunoglobulina E.  No se sabe por qué ocurre, ya que esa inmunoglobulina es la respuesta natural a las infecciones producidas por parásitos. Además reacciona de forma excesiva en esta cascada de :

Niña con rinitis– Los primeros en acudir a identificar un alérgeno (lo que ocasiona una alergia, también conocido por como antígeno) son los macrófagos, un tipo de células del sistema inmunitario capaces de comerse al invasor. Este banquete sólo es el preludio de una gran batalla. Posteriormente, estas células comebasuras presentan los restos del enemigo a otros dos tipos de células de defensa: los linfocitos T y B.

– Una señal de alerta se dispara en la sangre, moviliza en primera instancia un auténtico ejército de linfocitos T, que aparece constituido por tres tipos de células combatientes: las colaboradoras, las matadoras y las supresoras. Los primeros en entrar en combate son los linfocitos T colaboradores, llamados así porque ayudan a los macrófagos a activar, por una parte a los linfocitos B, y por otra, a los linfocitos T matadores o citotóxicos. Estas células asesinas se encargan de castigar al antígeno con armas químicas.

– Por su parte, los linfocitos T supresores, que vigilan el campo de batalla, se ocupan de coordinar la respuesta. En estrecha colaboración con los linfocitos T operan las células B, que tienen el cometido de llevar a cabo lo que los expertos conocen como respuesta humoral. Estas células se encargan de fabricar un arma proteíca con forma de Y. Se trata de las inmunoglobulinas “Ig” o anticuerpos, unas sustancias pegajosas, modeladas a medida, que se aferran con sus brazos al alérgeno para inmovilizarlo y favorecer su destrucción. De las cinco clases de inmunoglobulinas conocidas “IgM, IgG, IgA, IgD e IgE”, son estas últimas las que se presentan en mayor cantidad en personas alérgicas. Una de las características de las IgE o reaginas es su debilidad por unirse a los mastocitos y los basófilos, otras células integrantes de nuestro sistema inmunológico. De hecho, un solo mastocito o basófilo puede unirse ¡a más de un millón! de moléculas de IgE, que utilizan para atenazar al enemigo.

– Durante el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, muchas de estas células se rompen y liberan en el medio distintas sustancias, como la histamina y la heparina, que son las responsables de algunos fenómenos asociados a la reacción alérgica, como es la dilatación de los vasos sanguíneos que conlleva a la aparición de un eritema.

Realmente… impresionante. Nuestro cuerpo se esfuerza en combatir algo que antes no era un problema para él y que no es un problema para la mayor parte de personas.  Pero cada vez son más las alergias y parecen estar directamente relacionadas con un medio ambiente y alimentación cada vez más alejados de lo natural.

 

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